Una de las cosas que más me sorprendió del báltico fueron sus colores. A nosotros paisanos del viento de levante y el sol de justicia es fácil cautivarnos con la increible estampa de colores del paisaje escandinavo. Esta foto la hice paseando por Djurgarden (o isla-jardín en cristiano), y aunqe cuando la vi en la pantalla de la cámara no me gusto reconozco que luego me deslumbró su amplia paleta de colores. He de confesar que desde ese día redimensioné mi concepto de parque urbano. Me gustó mucho comprobar que los vikingos son gente muy singular. Disfrutan mucho de los pequeños detalles. Una calle solitaria, un pajarillo picoteando del suelo, el sol colandose por una cortina, la lectura de una buena novela... quizás por eso sus parques están llenos de curiosidades. Además, estas ciudades tienen un extraño tufo de tranquilidad que para nosotros queda algo lejos. Son "ciudades de paseo". Donde uno cruza las avenidas casi sin darse cuenta. Guardo un generoso recuerdo de Suecia. Quizás por eso me planteo ultimamente volver al Báltico. Recuerdo además qué escuchaba esos días. Y este "love of my life" versionado por Santana me acompañó el par de noches que pasamos allí...
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